El rincón oculto

El cerdo silbador

08 feb El cerdo silbador

El cerdo silbador. Vaya el nombrecito del pub, en hollywood boulevard, que habíamos elegido para ver el gran acontecimiento del momento: the academy awards (los oscars, para entendernos) del año 2007. Su situación privilegiada, a escasos 300 metros al este del Kodak Theatre, lo convirtió en punto de encuentro de lo que la prensa denominó “troupe Cobeaga”. Allí estábamos unas 30 personas, algunos medios de comunicación de España, mi compañero de aventuras Boris, y yo. De fondo, en el exterior, nos acompañaba el incesante goteo de limusinas…

A las 17:30 (hora local) comenzaba la gala. Todos expectantes a las primeras palabras de Ellen. Conseguí reírme de todas las gracias unos 30 segundos después de que las dijera gracias a esa especie de subtítulos para sordos que ponen los americanos en la televisión y que tienen ese retardo de unos 30 segundos.

El primer Oscar fue para la dirección artística de “Pan´s labyrinth” (El Laberinto del Fauno). Boris no cabía de gozo puesto que él había formado parte del equipo de arte de la peli. Todos en general nos alegramos puesto que también era un poco como nuestra: mitad mejicana mitad españolita. El segundo de la tarde fue para el maquillaje. Se lo llevaba de nuevo “el fauno”. El tercero no soy capaz de recordarlo, pero el que mas nos importaba era el cuarto premio, donde se la jugaba el mejor corto “live action”.

La niñita rubita de “Little sunsine” y el niñito café-con-leche de la peli de Will Smith decían aquello de “and the oscar goes to…”. Fue el chavalín el que se trabó al decir el titulo del corto y nos tuvo en vilo escasos 2 segundos (que fueron horas para nosotros) y lo arreglo la niña diciendo…”West Bank Story”. Nuestra desilusión primera fue resuelta en unos aplausos que mas bien dimos por quedar bien ante las cámaras que estaban grabándonos que por ilusión, que no nos hizo ni puñetera gracia perder el oscar, que en el fondo todos lo deseábamos.

El ambiente a partir de entonces fue similar al de un bar cualquiera de Madrid viendo un partido de fútbol del osasuna contra el elche (pero con acento americano).

Así que ante tal panorama, y he de confesar, traicionando a mi grupo, asentí ante el nada despreciable plan de Boris que consistía en una incursión en el Roosevelt, donde se celebraban la fiesta el equipo del laberinto del Fauno.

El Roosevelt es un lujoso hotel que se encuentra a unos 200 metros al oeste del Kodak. Dios y ayuda (y eso que a mi lo de ser creyente no me va) nos costó sortear los controles policiales (a base de rodeos, que allí no se andan con chiquitas) hasta llegar a las puertas del Hotel.

Una media hora tardamos en hacer un recorrido que en otra época del año, sin cortes de calles por el evento, nos hubiera costado unos 5 (paradas técnicas incluidas que ya sabéis que la cerveza es diurética).

Y allí que nos presentamos, el Boris (impagable compañía) y yo, en la recepción.

– ¿La fiesta del laberinto del fauno, por favor?- Pregunte. Mi inglés era sobrio, comedido y con cierto acento de alto estatus social (o al menos eso intenté, que realmente no se cual es el acento de los ricos, pero bueno…).

La recepcionista nos miró. Empezó con nuestra caras y acabando en los pies. Mi vestimenta era algo así como sacada de una peli de Bruce Lee: unos pantalones negros, una especie de camisa japonesa preciosa negra con mangas azules brillantes , un símbolo japonés bordado adelante y un dragón azul por detrás rematado con esos botones tipo nudo marinero extraño que tienen los kimonos y ese tipo de prendas orientales. Zapatillas negras con algún toque amarillo. Boris unos pantalones con una americana y para rematarlo, una camiseta con la hoz y el martillo.

El rostro de la recepcionista mientras llamaba a alguien por un walkie os la podéis imaginar. Era muy mona ella, pero incapaz de ocultar cara de escepticismo en esa eterna sonrisa de la gente que trabaja en sitios caros (a la americana).

De entre alguna parte del tenue pero maravillosamente iluminado hall del hotel veo venir un tipo directamente hacia nosotros. Mi primera mirada fue a la recepcionista, la segunda a Boris, y la tercera se la dediqué al techo de la recepción, el cual fue único con el que compartí mis pensamientos: el tipo nos tiraba de una patada por la puerta de atrás del hotel…encajaba perfectamente.

Con voz seria nos invitó a que le siguiéramos. Esto no podía acabar bien…

Cuando ya daba la aventura por concluida, el tipo nos indica que nos metiéramos en el ascensor, y con toda amabilidad (casi intuí una leve reverencia) pulsó el 12, ultimo de la botonera. Inmediatamente después, se marchó (a juzgar por nuestras pintas no se vio ni por asomo siendo recompensado con una propina).

Tras un par de breves paradas en los pisos 10 y 11 (por un pequeño lío que tuvimos que no viene al caso), las puertas del ascensor abrieron por fin en el 12. Una pared negra apareció. Asomé la cabeza y miré a la derecha. Un pasillo de infinitas dimensiones con infinitas puertas y con un color infinitamente negro se alargaba por el ala este del edificio. Invertí el giro de mi cabeza y miré hacia mi izquierda. En el lado oeste del edificio se encontraba el mismo pasillo de iguales dimensiones y características, salvo una: al fondo, se encontraba un negro de infinito tamaño custodiando una puerta al más puro estilo americano.

Realmente no sabíamos que habitación era, y el único ser con vida que había en el lugar era aquel descomunal gorila, vestido de traje, del final del pasillo. Así que me dirigí a él.

Mi intención era clara: preguntarle en cual de todos esos millones de puertas se encontraba la fiesta.

Nuestras distancias se acortaban y aquella masa iba agrandándose adaptando un monstruoso tamaño haciendo que pareciéramos seres sacados de la novela de Jonathan Swift. Cuando me disponía a abrir la boca para preguntarle al orco la cuestión que nos había llevado allá, éste, en un rápido (increíble para su tamaño y cortés movimiento, abrió la puerta que custodiaba invitándonos a pasar a su interior.

El blanco de las paredes contrastaba de una elegante manera el negro del pasillo que acabábamos de dejar atrás. Lo primero que vimos fue a la derecha una pared en la que se encontraba un televisor de plasma que ni el mastrodonte de la puerta sería capaz de abarcar con sus brazos. Por supuesto, retransmitían la gala. Al otro lado, frente al televisor se agolpaban unas 15 o 20 personas dispersas en un enorme salón que parecía ser la sala principal de una suite y detrás de ellos un enorme catering tapado con enormes semiesferas plateadas y relucientes. También había una rubia preciosa embutida en un blanco y reluciente traje, que mas tarde me enteré que con ese acento y dado el lugar todo el mundo posó sus miradas hacia nosotros, momento en el que pensé que no podía caber ni un ápice de duda en nuestros rostros para que no sospecharan de nuestra pequeña intrusión. Así que con aire decidido nos lanzamos hacía el fondo de la sala
sobrepasando a todo el mundo (evitando contacto visual con el personal) y colocándonos al lado del catering.

En ese justo momento nombraban en la gala a los nominados a la mejor dirección de fotografía entre los que se encontraba Guillermo Navarro (dire de foto del Fauno). Todos los ojos de la sala se concentraban en el inabarcable televisor de plasma cuando de repente de un lateral de la pared, como de si de una especie de pasillito se tratara, que sujetaba la tele asoma la cabeza Juan Luis Cano (el de gomaespuma, vamos) y por encima suyo, aparece la de Loles León y se lanzan al centro de la sala para ver el resultado….And the winner is… Guillermo Navarro….

Os podéis imaginar la locura que allí se desencadenó. Todo el mundo saltaba y gritaba y claro, nosotros no iba a ser menos… pues allí pegando botes de alegría como para integrarnos. Y creo que eso fue definitivo para nuestra perfecta adaptación al medio.

En ese momento, cuando la euforia hacía de las suyas, oí gritos también a mi izquierda, me giré y allí había otra sala enorme con más gente con otra super tele y es entonces cuando pude darme cuenta de las enormes dimensiones de la suite…. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo, ese lugar no tenía fin. Allí todo era insultantemente grande… esa suite, los pasmas, el negro, el…

– ¡Coño! – se me escapó. – Barra libre!!!

Y allí, entre las dos salas, como si de un altar con la virgen se tratara, apareció como si fuera un milagro, la barra libre con la camarera esperando nuestra llegada… (en realidad la barra ya estaba allí lo que pasa es que no me había dado cuenta.

El griterío fue acallando cuando Navarro salió a recoger la estatuilla. No habló mucho y fue directo, pero su agradecimiento a Guillermo del Toro demostró una complicidad especial entre ellos y me quedo con su frase final, la cual, no se porqué, casi me emociona… “a mi mujer y a mis hijos por darme alas…”

Llevábamos un rato ya de total integración con el medio cuando un tipo de tve nos comentó si habíamos visto la suite. Levanté la vista y eché y vistazo para ver si nos habíamos dejado de ver algo… una sala en frente, otra a la izquierda, los superbaños de lujo que te mueres… Dentro de esa locura de lujo y descontrol en la que nos encontrábamos, todo me pareció normal y que nuestras retinas habían ya escrutado cada rincón del lugar.

– Sí… – respondí.

– Ja ja ja, -El tipo se echa a reír…- No habéis visto nada… ¡Seguidme!

Y se dirige dirección a la pared del hiperplasma. Le miré a Boris con cara de duda. Pensé ¿se habrá vuelto loco el tipo este? Pero hice caso omiso a mi conciencia (que no siempre es buena compañera) y fuimos detrás de él.

Nos metimos por ese huequecito de donde había salido la cabeza de la Loles y aparecen unas escaleritas estrechas. A los lados, paredes, perfectamente colocadas para la tambaleante situación.

Nos dispusimos, como todo buen aventurero, a subirlas. Cuando habíamos ascendido la mitad del recorrido, no se si por pura intuición o mas bien quizás porque Boris me dijo que mirara hacia lo alto, giré el cuello unos 90 grados para arriba y lo que encontró mi vista dejó atónitas mis retinas y las pupilas se me dilataron…

Una cúpula!!!! Allí arriba había una cúpula. Enorme, como todo, pero aparte de su magnitud, lo que me parecía increíble es que en el piso de arriba de la suite duplex del Hotel Roosevelt en pleno corazón de Hollywood había una cúpula.

Cada vez me resultaba mas difícil asimilar todo aquello cuando una vez subido ya todas las escaleras encuentro ante mi otra super habitación con otro super plasma inabarcable y una enorme cama redonda en medio de los aposentos y para completar la fascinación del momento, allí tumbada, como si de su casa se tratase, se encontraba perfectamente dispuesta y haciendo juego con el entorno, Maribel Verdú…

– Ji ji ji…- nuestro improvisado guía se ríe ante nuestro delirio situacional y añadiendo… – “pues esperad a ver esto…”

A nuestra derecha y casi enfilados con la escalera que acabábamos de subir, se encontraban unos 6 peldaños de hierro que se dirigían hacia una puerta. Y allí que vamos.

Nos abre la puerta de arriba nuestro guía y primero entra él, luego Boris y luego yo y luego casi dejo de respirar. Ante nuestros ojos una terraza con suelos de madera de exterior con sombrillas (era de noche pero bueno) y una especie de hamacas… de fondo millones y millones de luces de la gran ciudad se extendían ante nuestros ojos… Estábamos en la azotea del hotel… La fascinante vista de la ciudad, la privilegiada vista de la alfombra roja, y la oscura vista de las estrellas…. Y para rematar el momento, unas enormes letras, clavadas con una grandísima estructura de hierro, iluminando con un rojo espectacular, en las que ponía Hotel Roosevelt…

El resto de la tarde noche fue normal: tomábamos unas coca colas, escuchar a Loles y al Cano cantar una soleá en plena azotea, cena de catering con sirvientes, subir a la terraza, bajar, los de caiga quien caiga nos gravaban, bellezones cruzando sus miradas, de nuevo volvíamos a subir…. Y bajábamos… Vamos, lo normal…

Fue al tiempo y ya acabada la ceremonia cuando en una de estas bajadas de la azotea empecé a notar que cada vez más gentío se reunía en el salón secundario. Y empezaron a poner muchos trípodes, y había cada vez más prensa…

Un grito a lo lejos anticipó que algo iba a suceder:

– ¡Ya vienen!

¿Ya vienen? Pero ¿quien demonios iba a venir? Si la habitación ya estaba abarrotada de gente… Hasta el propio Fauno estaba por allí (el cual le encantó mi camisa japonesa).

Y todos los operadores de cámara se vuelven locos y empiezan a agolparse en una de las puertas y comienzan a grabar y entre gritos, flashes y bullicio aparecen los oscarizados, 2 personas de dirección artística y otras 2 de maquillaje. Todos del Laberinto del Fauno. En total 4 Oscars.

Tras la locura inicial, consiguen todos por fin organizarse y realizar lo que viene a ser una rueda de prensa. Y comienzan las preguntas y hablan de la gala y esas cosas…

Y después de un rato, no se cuanto, el tiempo desapareció esa noche, reaparece de nuevo en escena aquella masa negra que en algún momento del día nos abrió la puerta de la suite, acompañado de otro ser, que a su lado parecía un señor pequeño, bastante pequeño. Este diminuto ser, calvito él y con cara de pocos amigos (quizás solo lo era el gran negro) se colocó en medio de la sala y gritó:

– Everybody out! The party is over!!!

Lo que vino a significar: todo el mundo fuera, la fiesta se ha terminado. Y una cosa he aprendido de los Estados Unidos i es que cuando algo se acaba, se acaba y no aquello de un poquito más…

Así que aquel hombre bajito armado con el Hulk de Ruanda y éste, a su vez, armado con aquellos descomunales brazos comienzan a emprender una no muy cordial despedida. A empujones íbamos saliendo todos de la suite. Como si de un embudo se tratase, las puertas de la habitación estrechaban la salida y nos acumulábamos todos.

En un momento dado miré hacia atrás y como si de dibujos animados se tratara, veía gente que iba siendo empujada, cámaras que saltaban por los aires y también los oscarizados y todo se volvió loco. Y fue entonces y solo entonces cuando tuve una oportunidad, la única de hacerme con una de esas estatuillas. Así que sin ningún tipo de vergüenza me arrimé a un oscarizado y me lancé y le arrebaté el preciado premio. Y fue entonces cuando me hice la foto… y vaya como pesa…

…El mundo se paró en ese momento, el Oscar y yo, lo de alrededor no importaba. Era suave… Sabía que no era mío y que iba a disfrutar de ello por muy poco… El sonido de fuera sonaba grave lento y pesado, todo era nublado a mi alrededor menos nosotros dos, flotábamos como en nubes… y el tiempo siguió parado, igual que como cuando quise volar… y lo inmortalicé para siempre… y el tiempo se reanudó de nuevo y desapareció de mis manos y dejé de volar.

En la salida principal del Hotel Roosevelt se comentaba que la Vanity Fair Party, aquella fiesta a la que iban todas las estrellas y gente de bien, tenía tres controles antes de llegar a su interior. Boris y yo decidimos no tentar a la suerte y que ya habíamos llegado demasiado lejos. Pensamos que lo mejor era volver a nuestra fiesta inicial, a nuestro grupo de “éramos pocos” (aquí: “one too many”), a una discoteca cercana.

Y esa glamorosa noche iba quedando atrás conforme caminábamos Boris y yo por encima de las estrellas de la lejana y ya familiar Hollywood Boulevard…

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