El rincón oculto

Cercana soledad

06 may Cercana soledad

Todavía no soy capaz de comprender como una gente tan educada como son los portugueses tienen una palabra tan larga para dar las gracias (con la de veces que lo dicen): “obrigado”

El viaje a Portugal fue muy especial, y no fue casualidad la decisión de realizarlo totalmente solo. La última vez que estuve era demasiado pequeño para recordar…

Una manta, una nevera, algo de ropa, la cometa y los cojines del sofá fueron suficiente equipaje para esta expedición. Objetivos: ninguno. No marché dispuesto a ver los mejores palacios ni los vestigios de épocas pasadas, quizás más bien a recuperarme de los restos de un presente, que me siguen persiguiendo de forma incontrolada.

Unas 5 horas de viaje en coche nos separan del lugar más maravilloso que pudiera encontrar en mucho tiempo. En 5 horas llegué, sin querer al lugar donde la tierra se corta dando paso al mar, donde el viento es capaz de desgastar hasta las peores conciencias, donde el atlántico golpea los cimientos donde nos sustentamos… (si algún día cae la península será por allí), donde puedes parar el mundo y no pensar en nada mas, donde abrir los ojos es para quedar impresionado ante la majestuosidad y cerrarlos sirve para que vueles sobre ella, el lugar donde puedes abrazarte al sol y mandar los besos que quieras… En definitiva, un lugar donde poder volar: el cabo Espichel.

El sol del atardecer me vio volando la cometa en sus últimos momentos del día y se despidió. Fue entonces cuando la luna y el faro alumbraron mi primera noche en Portugal.

Cuando desperté ya era de día pero los empañados cristales del coche me impidieron verlo en un primer momento

Desayuno y carretera hacia Lisboa, donde pude cruzar el maravilloso puente “25 de Abril”, lugar donde de nuevo uno es capaz de para el tiempo y disfrutar de estar suspendido en el aire…

Un par de vueltas por Lisboa, y decidí que, como no se me había perdido nada allá y que no llevaba mapa de la ciudad, el abandono sería lo más acertado.

Estoril, Cais-cais y Sintra serían mis siguientes destinos. Y fue en esta última, donde hice la gran osadía de subir hasta el castillo do pena desde el mismo pueblo hasta la cima total. Creí morir (el desconocimiento de la distancia, el terreno… ay intrépido de mi!) pero mereció la pena… Vistas monumentales de todo lo que se encuentre a 50 Km. a la redonda, montes, ciudades… y por supuesto el castillo.

Salí de Sintra a media tarde y busqué una playa cercana donde volar de nuevo junto al sol la cometa. Esta vez me falló y a mitad de vuelo me abandonó dejando pasa a la lluvia que hizo que el atardecer perdiera su color.

Fue en esta playa donde me ocurrió lo siguiente:

Como siempre, en todos los viajes, se me olvida meter en la mochila Jabón. Normalmente está Rafita para prestármelo, pero esta vez, no había nadie para ello.

Decidí comprar jabón en un supermercado superbarato puesto que mi viaje era de total austeridad, en ese supermercado (DIA) compre el de pastilla más barato que había: 39 céntimos). Cuando calló la noche en la playa y a falta de lugar donde ducharme, decidí que el mar era suficiente para este fin. Así que me puse el bañador, el abrigo (menudo el frío que hacía) y la toalla. Llegué a la orilla y me metí tímidamente en el agua, que estaba congelada. Después de remojarme un poco saqué el jabón y empecé a frotarme con él (a modo de limpieza). M pareció raro que no saliera nada de espuma así que froté

con más fuerza. Nada. Parecía como si el jabón estuviera envuelto en papel transparente y no dejara salir nada.

Mis pocos y lejanos conocimientos de física aparecieron en mi mente. La solución era sencilla: frente al frío, calor. Así que froté la pastilla con más fuerza aplicándole bastante calor con mis manos. De allí por fin apareció la tan deseada espuma. A todo esto, el frió era insoportable y no tenía mas que ganas de acabar con aquello. Tras darme bien de jabón por el cuerpo, empecé con el pelo… Noté como el pelo, al estar mas frío, hacía que el jabón adquiriera una forma más dura y que la espuma quedaba ya lejos de ser una realidad. Lo dejé pasar y cuando creí convenientemente enjabonado todo mi ser, me metí en el mar para aclararme. Ahí fue donde comenzó el desastre. La piel enjabonada al contacto con el agua fría se convirtió en una especie de segunda piel endurecida y mientras metía la cabeza debajo del agua con los mismos resultados… El pelo adquirió una textura bastante sólida para lo que normalmente viene a ser el pelo
en cuestión. Coño que hacer!! Lo primero, empecé a secarme con la toalla y parece que el jabón petrificado en mi piel mas o menos fue quitándose, pero lo del pelo… Aquello no tenía buena pinta, pero en un acto de fe (y mas bien por falta de recursos), lo dejé estar esperando que al día siguiente, al secarse, todo volviera a su ser… Error. Por la mañana, a plena luz, y pudiéndome mirar a un espejo, comprobé que el pelo se me había solidificado y parecía como si me hubiera echado cera… Todo el día con esos pelos. La gente me miraba…

Mafra fue el siguiente destino, me enseñaron un palacio enorme y absurdo que debe ser como la séptima maravilla u octava, quien sabe y decidí que ya había hecho el guiri lo suficiente. Volví a la costa a pasear por sus acantilados y disfrutar de los paisajes. Y fue entonces cuando descubrí otro paraíso.

El lugar en cuestión era una península pequeñita. Estaba unido al Portugal por una carretera de escasos 300 metros. Mar en cualquier lado que mirases. Las casitas se agolpaban de forma maravillosa haciendo un pueblecito de lo más hospitalario. Ambiente agradable, y por supuesto, atardecer…

A pesar de ser la primera hora de la tarde no me pude resistir a hacer noche en Baleal. Así que busqué refugio (esta vez busqué ducha caliente para poder volver el pelo a su ser) con una familia muy acogedora en un apartamentito al lado del mar. Me subí a una montañita que asomaba al mar y de nuevo junto al sol, volamos la cometa hasta el anochecer…

El 1 de mayo del 2007 sería el último día por tierras portuguesas. Continué mi camino hacia Coimbra, donde llegué a primera hora de la tarde. Allí busqué hasta encontrar la famosa “Portugal de los niños” lugar de reencuentro con mi pasado, un pequeñísimo espacio de mundo que me vio corretear por esos miniedificios hará ya más de 20 años.

El diluvio que calló esa tarde en Coimbra aguó mi viaje haciendo que adelantara mi regreso y me acompañó hasta la frontera con España.

Este viaje ha sido una fantasía, un reencuentro. Una búsqueda sin resultados. Puede ser una rabia contenida. En cualquier caso, es un hecho y como tal lo he tratado de contar.

Quiero dar las gracias, las eternas gracias que tengo para él, a Jose y por ese absurdamente maravilloso momento que tuvo al regalarme la cometa, y que me acompañaste en mis pensamientos todo el viaje. GRACIAS.

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