El rincón oculto

Casablanca

08 abr Casablanca

Jamás creí que el poco francés que medio aprendí entre clases jugadas en el instituto, hace ya más de 10 años, fuera a ser tan increíblemente práctico en nuestro viaje a Marruecos. Lo que son las cosas…

Cuando llegamos al aeropuerto ni Humprey ni Ingrid se besaban. Era mediodía y quizás fuera esa la razón.

De Casablanca solo destacar la enorme mezquita que se puede ver en las 2 primeras fotos de “pintando lugares perdidos”.

Pronto dejamos la ciudad para ir a Marrakech, donde pudimos perdernos por las medinas en busca de un lugar donde dormir, y por los zocos y por cualquier lugar enrevesado que hubiera allí.

Las montañas del atlas nos esperaban (o mas bien, nosotros las deseábamos) y su conquista fue lo mas gratificante de este viaje. Buscamos aldeas, gentes niños… Hicimos globos, comimos en sus casas y tomamos té, mucho té.

En una de estas reuniones con las amables gentes del lugar, llegó la anécdota:

El casamiento. Ofreciome un buen padre a su hija, a cambio de la dote, para casamiento. Bien sencillo, tu me das algo y yo te doy a mi hija. Ella, mujer joven y bien parecida, mostraba una alegría desbordante por aquello (a pesar de estar ya comprometida con algún otro muchacho).  Mi cara, os la podéis imaginar…

De allí no salió boda, pero sí compañía para la expedición a más pueblos del lugar.

Y es entonces, estando en Asni, cuando explotó algo en Casablanca. De poco nos enteramos salvo dos mensajes desde España. Nos encontrábamos a 300 km de distancia y estábamos bien.

Y viajamos a las playas de Essaouira donde nos cruzamos, casualmente, con el rey (de Marruecos) y comimos pescado y nos volvimos a perder por sus calles y vimos el atardecer…

La semana fue concluyendo y nuestro último destino fue una ciudad situada a 100 km al sur de Casablanca. Pasamos noche allí por temor (mas bien era precaución) a lo que sucedió días atrás.

Nuestra última noche la pasamos tomando el último té y fumando las tan buscadas sisas.

Al día siguiente regresamos en el autobús hacia Casablanca y cuando estamos llegando a la ciudad nos llega la noticia de que otra explosión había sacudido la ciudad. Al poco de enterarnos empezaron a pasar ambulancias y policía. El centro de la ciudad se iba colapsando y el calor empezaba a ser agobiante. No disponíamos de mucha información y el temor empezaba a rondar por nuestros cuerpos. El autobús iba al centro. La explosión había sido cerca de la estación. Pronto empezamos a ver aglomeraciones de gente… y policías… y militares… arma en mano… y el autobús pasó por el mismísimo núcleo de la explosión. Se adueñó de la situación el silencio, que zumbaba nuestras mentes mientras veíamos la secuencia a cámara lenta…y ese hombre con la túnica azul lloraba… Y el miedo hizo que solo deseáramos salir de allí.

El taxista con el que negociamos en la estación de autobuses a la llegada, se quedó boquiabierto cuando no quisimos regatear ni un céntimo el precio que nos marcó por llevarnos al aeropuerto. Después llegamos, y embarcamos y regresamos a casa…

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